Los erizos son adorables, aunque ellos no se den cuenta. Tienen púas, pero también un halo de adorabilidad que ha hecho que ahora la gente les quiera como mascotas. Pinchan, pero son redonditos y graciosos ¿quién no querría un erizo en su vida?. Pues probablemente otro erizo.

Érase que se era, una eriza llamada Erika. Erika era una eriza común europea que vivía en España. Vosotros no lo sabéis pero si un erizo quiere pasar a ser considerado adulto debe realizar un viaje. Debe realizar un camino y superar una serie de obstáculos (en realidad no son eso del todo, pero cuando eres un erizo pequeño hay cosas que parecen un mundo). Erika decidió que haría el camino desde la finca Torrejón hasta Alba de Tormes, primero debería atravesar un valle, una vez hecho debía cruzar un río, subir una montaña y después cruzar el puente hasta el pueblo.

Nuestra pequeña (pero valiente) protagonista se despidió de sus papis y sus hermanitos, todos estaban muy preocupados pues hacer el periplo implicaba enfrentarse a muchos peligros. Tras olisquearse con amor y hacerse cosquillas con las púas se dijeron adiós y dio su primer paso camino a la madurez.

En principio el valle era algo fácil, casi no había probabilidades de interacción con los humanos, la hierba era alta con lo cual determinados predadores no tenian porqué verla, pero daba miedo, se sentía tan expuesta y blandita ¿servirían sus púas para algo llegado el momento?. Mientras caminaba todo eso pensaba y tan absorta estaba que no veía lo que había a su alrededor y lo que había era una mañana maravillosa de primavera, alguna que otra mariposa, florecillas silvestres y algunas vacas que la ignoraban mientras devoraban el pasto. Tampoco vio al perro pastor hasta que fue demasiado tarde. Se quedó petrificada cuando vio al enorme mastín, con su enorme y húmerdo hocico y lo que es más importante, con su enorme curiosidad. Instintivamente se hizo una bolita y sus poderosas púas le dieron un susto al perro. ¿Quién iba a decir que una bolita como ella tenía tanto poder?. Una vez espantado al perro decidió acelerar el paso y concentrarse en lo que había a su alrededor. Así, un ratito corriendo y otro caminando llego al río.

El río era un problema, sus papis le habían dicho que necesitaría agudizar su ingenio. Se sentó un momento en la orilla y decidió observar qué pasaba por allí. Dentro del río había peces que nadaban pero ella no sabía nadar. Los patos tenían esas patas tan chachis para chapotear y encima las plumas parecían calentitas. Entonces vio a unos humanos en un barco, era de madera y ellos remaban, era una solución aunque ¿tendría ella fuerza suficiente para cruzar la corriente? Enseguida se dio cuenta de que necesitaba dos cosas, un trozo de madera y un compañero. Miro a izquierda, había un sapo que la ignoró. Miró a la derecha había un cangrejo de río con mucha mala leche en sus pinzas. Miró arriba y se encontró una paloma con incontinencia y entonces miró abajó y vio un escarabajo. El escarabajo estaba cabizbajo y con mucha prudencia Erika le preguntó por qué. Resulta que Eduardo tenía que cruzar el río porque se había olvidado el regalo para su mami en el otro lado. La eriza necesitaba un compañero pero ¿podría ese ser tan pequeño remar? Pues resulta que sí, Edu, pertenecía a una especie de escarabajo que tiene muchísima fuerza, así que no era sólo ideal para remar sino que además le ayudó a construir una barca segura para ambos. Gracias a que trabajaron en equipo llegaron sin un rasguño y sin afilar las púas. Erika estaba tan contenta que deseaba abrazar al escarabajo pero consciente de que podía dañarle le dio la patita y continuó con su periplo.

Ya habían pasado varias horas desde que había comenzado su camino así que decidió parar y comer algo. El asunto de la montaña era un tema complicado. O bien hacía noche en la montaña o encontraba una manera de llegar más deprisa. Animada por lo rápido que había sido cruzar el puente comenzó a buscar un medio de transporte. Empezó a ponerse nerviosa, no se le ocurría nada y su patita comenzó a tamborilear mientras respiraba con cierta dificultad y cuando estaba a punto de llorar vio unos ojos curiosos que la miraban. Entonces se dio cuenta, había un gato, más concretamente una gatita pequeña, algo sucia y negra como tizón. La gata que se llamaba Tina, se acercó poco a poco y se sentó a observarla. Por algún motivo la gata no le daba miedo, se miraron con complicidad. Tina sacó la patita y le dio en la nariz y ambas rieron. Erika le pidió el favor a Tina de llevarla cual pony y la mininó aceptó, a cambio le pidió que la ayudase a enconrar algo que comer. Así que Tina y su jinete comenzaron su periplo. Por el camino cantaron canciones de Britney, hablaron de las series japonesas que a Erika le gustaba ver y de lo difícil que es ser erizo y gato. Casi habían terminado su caminata por la puñetera montaña cuando Erika se dio cuenta de que no iba a dar tiempo. Lo habían intentado pero necesitaban un refugio, un sitio donde descansar, comer algo y no pasar frío. Tina con su vista de gata poderosa, encontró un agujero con ramitas de brezo y un trozo de tela. Ahi se sentaron a descansar y la pequeña erizo le dio un cachito de su diminuta comida. La gata se enroscó y a su lado se tumbó la erizo, con mucho cuidado y mucho miedo, no quería herir a su recién encontrada amiga. Poco a poco sus respiraciones se acompasaron y se hicieron más profundas hasta que las dos cayeron como si hubieran sido abatidas por un francotirador.

A la mañana siguiente Tina se despertó temprano a buscar algo de comida, sus tripas rugían y no quería despertar a nuestra protagonista, cazó a un ratón, se lo comió con mucho gusto y volvió a su guarida donde Erika remoloneaba en la manta, haciendo la croqueta, era una imagen adorable, pero el destino aguardaba a la erizo. Finalmente, después de dos horas de caminar, descendieron el último tramo de montaña y llegaron al momento crucial, el puente que llevaba a Alba de Tormes. Para llegar a él había que cruzar una carretera y luego para atravesarlo había que sortear a muchos humanos. Humanos grandes y pequeños, algunos con mascotas, otros con bicicletas... Era algo que debía hacer sola, lo sentía en sus tripas, como el miedo, así que se despidió con un beso de esquimal de Tina y se sentó a analizar la situación. Observó que los humanos cuando querían llegar al puente y no iban en coche esperaban que un muñeco se pusiera en verde, cuando el muñeco cambiaba los coches volvían a rugir. La clave era saber si le daría tiempo a cruzar, sus patas eran cortas, pero creía que podría llegar. El segundo problema era pasar de un lado a otro. Los perros eran peligrosos, si un humano la veía a lo mejor trataba de atraparla. Decidió que lo que no se podía ver no se podía coger y eso implicaba esperar a que fuera de noche primero y segundo ir por el borde del puentecito. La gente normalmente no miraba por la barandilla, y además, ésta tenía una barra por debajo por lo que los perros no podrían morderla, aunque sí echarle la pata.

Mientras esperaba los nervios se apoderaban de ella, y volvió el tic a su patita que tamborileaba sobre el suelo. Por fin empezó a oscurecer, se puso a estirar y a calentar los músculos, un tirón cruzando la carretera sería fatal y cuando se sintió preparada se puso en posición. Tres, dos, uno y el muñeco se puso en verde, corrió y corrió, corrió tanto que le quemaban los pulmones esquivando pies humanos, faltaba poco, poquísimo para llegar cuando vio que el muñeco cambiaba y cerrando los ojos pensó en su madre y que tenía que lograrlo y de donde no había nada sacó fuerzas para un último esprint. Y lo logró, lo logró y cuando alcanzó un sitio seguro se dejó caer y respiró. Después de recuperar el aliento se concentró. Quedaba una última cosa, no era difícil comparado con lo que acababa de hacer pero necesitaba hacerlo bien. El hueco que le quedaba era pequeño y un movimiento en falso podía hacer que se cayera del puente. Se acercó, con las púas tiesas de la concentración y se pegó al filo. Avanzaba lenta pero segura y alternaba las miradas al vacío con las miradas al camino que se le antojaba eterno. Paso a paso fue avanzando, no se detuvo, sabía que estaba cerca de su meta, sabía que podía hacerlo, sabía que estaba cansada y hambrienta pero sobretodo sabía que debía finiquitar la tarea. Así que cuando por fin llegó simplemente lloró, lloró como sólo una eriza sabe hacerlo.

Esta es la historia de una eriza que no se rindió y que por eso llegó a ser adulta. Aprendió que el camino es difícil y que a veces hay que pedir ayuda, aprendió que se pasa miedo y también que las púas, además de para pinchar sirven para demostrar afecto.