Hay gente que es como Atila, rey de los Hunos, y cuando pasan por tu vida acaban con la vida por un largo periodo de tiempo. Si éste fuera un blog de autoayuda ahora hablaríamos de personas tóxicas, de cómo reconocerlas y cómo actuar. Habría metáforas de caminos y cuentos y subuiría podcasts con acento argentino. Por suerte este blog no va de eso. Va de las cosas que deseo vomitar, buenas y malas. De lo que me gusta escuchar, ver o escribir. También es el reflejo de lo que quiero mostrar y de lo que sale a borbotones aunque no quiera y hoy quiero hablar de los hijos de puta (o hijas) que nos destrozan.

No tiene que ser una relación larga, ni siquiera tiene que ser tu pareja, pero hay gente con la que nos quedamos enganchados. Pocas cosas te atan más a una persona que el dolor y el rencor y el no poder decir las cosas (o decirlas y no ser escuchado) La cuestión es que por muy tentador que resulte quedarse ahí, lamiéndonos las heridas no es bueno para nosotros. Decir adiós, a veces, es soltar lastre. Si queremos dejar de recibir calambrazos quizás deberíamos dejar de meter los dedos en el enchufe. Así que os animo, ahora que está a punto de acabar el año y que os alejéis de los enchufes.