hache

Había quedado con su mejor amiga. Las dos solas, iban a tomarse unos chupitos, unos cóckteles, iban a hablar y después para casa, no tenían muchas ganas de nada más esa noche.

Y allí estaba ella, en una céntrica plaza, esperando a su amiga, con su falda negra y su camiseta rosa de tirantes, maldiciendo a la persona que llegaba tarde, quizás porque había conseguido ligarse al falso rubio.

Cuando más harta estaba apareció la susodicha, con su negro pelo rizado, su blusa blanca a punto de estallar y se fueron las dos rumbos a la chupitería.

La dicharachera amiga contaba cómo le había ido con el muchacho, las confidencias dieron paso a las risas, las risas al despiste y nuestra protagonista, la de la falda negra se dio de bruces contra una realidad de 1:85, ojos castaños y cara de turista. Por extraño que parezca ambos se quedaron inmóviles y por una fracción de segundo ninguno supo qué decir. Después las disculpas apresuradas y retomar el camino.

Por algún motivo, tras unos pocos pasos, ella se giró y le vio, sonriendo, con malicia.

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