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Esta primera semana de septiembre estuve en Cabo Verde, en tres de sus islas: Santiago, Sao Vicente y en Sal. He ido sola (me regalaron los billetes) y ha sido una gran experiencia. He coincidido con gente estupenda, gente autóctona y otros turistas. Podría contar muchas anécdotas, pero la que me apetece contar hoy tiene que ver con la imagen que veis.

En un principio yo fui a Sao Vicente porque quería ir a San Antao (hay que coger un ferry) pero tenía que levantarme a las 5:50 para ir, así que como estaba muy cansada pasé. Así que el día que iba a hacer otras cosas decidí subir a Monte Verde que no me parecía algo especialmente turístico y porque era salir de las playas. Llegar a Monte Verde para subirlo no era especialmente difícil, cogías un aluguer (o colectivo) que son furgonetas que van dando vueltas hasta que se llenan y te llevan de un sitio a otro. El mayor problema iba a ser la vuelta porque la opción era caminar sola por la carretera hasta llegar a la ciudad. Decidí que resolvería esa cuestión después.

Me preparo para la caminata, mi mochila con agua, cojo el colectivo y me planto en Monte Verde y comienzo a subir y caminar. En mi ascenso me di cuenta de que era la única persona blanca y mujer que hacía el bobo por ahí. Mientras subía todos los campesinos me saludaban y me animaban pero yo estaba asustada. Asustada porque era una blanquita sola y soy una cagona. Yo quería hacerlo pero no descartaba la posibilidad de acabar tirada en una cuneta caboverdiana. Cuando llegué a la cima me sentí muy orgullosa de mi misma, había logrado lo que me había propuesto. Me encantaría poder atesorar ese tipo de sentimientos, guardarlos en un tarro para los días malos, los días en los que el mundo me gana o cuando tengo la regla.

Bajé Monte Verde y me dispuse a ir caminando hasta Mindelo (la capital de la isla). La idea de ir caminando por una carretera de Monte Verde no me gustaba nada de nada, mi esperanza era que un colectivo pasase y montarme. Al final un camionero paró y se ofreció a llevarme y me sentí un poco entre la espada y la pared. El camionero parecía buena persona, pero no soy idiota, sé que es una locura montarme en un camión con un desconocido, lo que sucede es que soy una loca del higo. Me subí al camión y me llevó a mi destino. Nos comunicamos como podíamos pero entendí cuando me dijo que debía buscar a alguien para caminar y que él tenía dos niños.

Tengo un angelito de la guarda.