Los que me leen de vez en cuando saben dos cosas sobre mi:

1- Soy una loca de los gatos.

2- Soy una loca del coño.

En mi hogar hay dos gatos en propiedad, los dos de la calle, uno negro y gordo llamado Peque y una carey con cara de suricato que se llama Suri (lo sé, molamos mucho poniendo nombres) Además de los gatos permanentes tenemos normalmente siempre un tercero de acogida. En nuestro historial de gatos de acogida están Pepe, gato callejero atropellado rehabilitado y adoptado en Suiza; Lulú que vive ahora en Bilbao; Leo (uno de los gatos más glotones que he conocido) adoptado en Sevilla y Unno (ahora rebautizado como Simba) que también vive ahora en Suiza. La actual gata de acogida es Mina y es una locaza. Su historia es bastante triste, fue abandonada en el zoosanitario a la espera de ser sacrificada y creo que se ha quedado ligéramente tocada.

Mina es preciosa, tiene algo de siamesa y sus ojazos hipnotizan, se estresa mucho y maulla con facilidad. Pensamos que debería ser gata única porque por ahora no se lleva bien con mi Peque (y Peque suele ser lo más buenazo del mundo).

Toda esta historia viene porque creo que las personas nos parecemos mucho a los animalitos. Me explico, a todos nos han hecho dañito y todos tenemos cicatrices, el problema es cómo lidiamos con ese dolor. Cuando no trabajamos con el dolor nos convertimos en una gata loca del coño que nadie querrá adoptar porque tiene problemas para convivir en un hogar. Quizás en ocasiones esperamos que sea otra persona la que nos cure cuando somos nosotros los que debemos coger el betadine y limpiar el pus.

Creo que la mierda hay que echarla fuera, esto no es como las granos que hay que dejarlos en paz, hay que apretar y cuando ya no queda nada dentro la herida cicatriza bien.

No seais Mina y dejad que os quieran, aunque en el pasado os hayan hecho daño, aunque no tengáis claro cómo alguien os puede querer.