Mientras veo Girls (la serie) sonrío, me encanta ver celulitis en una serie.

La vida es una cachonda, da igual cómo de jodido estés, siempre puedes sonreír por algo, una serie, un chiste, un gato, un helado... Sospecho que tiene que ver con el instinto de supervivencia, estamos hechos para caernos y levantarnos.

La semana que acaba de pasar ha sido dura (tan dura como un pene adolescente). He pasado una semana en un hospital de otra ciudad apoyando a una persona que quiero y a su familia. Sólo diré dos palabras: puto cáncer.

Está quedando una mierda de entrada en el blog, pero es que es difícil. No sé qué quiero decir, muchas veces no sé ni lo que siento. Estos días han sido un viaje en una montaña rusa emocional, donde me siento bien por poder ayudar, culpable por sentirme triste, abrumada por los recuerdos. El infierno por el que yo pasé cuando mi madre se murió es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo, por lo que ver a alguien que quiero sufrir me mata.

Cuando el sábado regresé a mi ciudad tenía ganas de hartarme a llorar, pero no podía, supongo que sentía que no tenía derecho. Derecho a llorar tiene esa familia, esa mujer aterrada, ese marido angustiado, esos hijos desubicados. Es extraño que me sienta tan unida a una familia que conozco poco, pero me dio muchísima pena marcharme.