Escribo con las luces apagadas esperando que mis deseos se pierdan por mi habitación y no logren huir. Que graciosos son, algunos pequeños, algunos grandes, todos revoltosos. Los siento mirándome, con ojos curiosos preguntándose por qué no hago nada por atraparlos, por qué les dejo revolotear por mi habitación.

Si pudiera hablar con ellos les explicaría que tengo demasiado miedo de perder esto que llamo seguridad, pero no puedo asi que les dejo hacer. Permito que aparezcan en mis sueños y que jueguen con mis emociones, me dejo llevar a veces, pero siempre viene mamá razón y papá miedo para espantarlos

Cuando estoy tan cansada que no tengo ni siquiera fuerzas para pensar se acercan tanto que puedo notar como me hacen cosquillas con sus naricitas en los pies, noto su aliento en mi cuello, siento como olisquean mi pelo, pero llega la mañana y desaparecen. Se esconden en ese cuaderno donde pintaba bocetos de ilustraciones para cuentos que jamás escribí, en las cuerdas de la guitarra que nunca aprendí a tocar, en el lbro de Murakami que no soy capaz de terminar y asi todos los días, hasta que envejezcan y mueran o yo me decida atraparlos.