Hubo una vez una niña pequeña que sentía mucha tristeza asi que todas las noches antes de acostarse le pedía al Dios Gatuno que hiciera algo por aliviar su dolor. Día tras día, al despertarse, comprobaba apenada, que su dolor (al que ella denominaba plastilina azul viscosa que se me pega al alma) seguía allí, anclada entre su pecho y su estómago impidiendo que el aire entrase en sus pulmones, que su corazón latiese con normalidad y sumiendo su mente en oscuros pensamientos.

Una noche, mientras lloraba desconsolada oyó un cascabel. Levantó la cabeza y miró, buscando el origen del sonido. Hacia ella se aproximaba un gato negro de blancos bigotes y con descaro se sentó en su cama adoptando la figura de una esfinge. Ella abrió los ojos y después de que el minino hablase, también la boca. El Dios Gatuno había decidido escuchar sus suplicas y concederle su deseo, le entregó un paquete y se despidió.

"¿Ahora qué?" se preguntaba nuestra pequeña protagonista, asi que abrió el paquete y miró qué había dentro y descubrió con sorpresa que era una caja de galletas vacía. En las instrucciones ponía "sacar la pena, guardar en el bote y cerrar con cuidado" Y eso es lo que hizo nuestra niñita. Sacó la pena por la muerte de su gato, la tristeza por haber suspendido ese examen, la agonía por no estar a la altura de las expectativas y la angustia de no saber qué iba a ser de mayor. Pero eso no era suficiente y día tras día, mes tras mes y año tras año seguía metiendo cosas. Ese novio que la abandonó, el asco por su cuerpo, las conversaciones pendientes para no ser inoportuna, la sensación de fracaso.

Y cuando ya no quedó nada y se quedó vacía y hueca se dio cuenta de que ella era el origen de sus males. De que daba igual todo porque era ponzoña, era dañina y no podía aportar nada más que tristezas asi que se metió dentro de la caja de galletas y desapareció.