Érase que se era una pequeña niñita rubia cual teutona que deseaba con todas sus fuerzas un gatito. Todos los días se lo pedía a sus padres, día tras día pensaba en lo feliz que sería con un minino de carita redonda y ojos grandes. Cuando vio que pedírselo a sus padres no daba resultado decidió que tenía que hablar con una fuerza superior, Los Reyes Magos.

Durante meses se portó genial, se esforzó más que nunca en el cole y fue una niña modélica y asi al igual que sus dientes de leche fueron cayendo las páginas del calendario hasta que llegó la noche. Estaba tan nerviosa y deseaba con tantas fuerzas ver la cara de su gatete... ¿cómo sería? ¿ronronearía mucho? ¿qué pensarían sus papás de que los Reyes le hubieran traído un gato sin pedir permiso? Todas esas preguntas y más fueron la nana que nuestra pequeña soñadora escuchó hasta que se quedó dormida. Cuando el sol inundó su habitación y la sacó de los bracitos de Morfeo su estado de excitación era tal que salió de la cama (dando un salto mortal) y se fue a la sala de estar.

Oteó la habitación, no había nada que se moviera, estaban todos los regalos perfectamente envueltos. Algo no iba bien, todo el mundo sabe que los gatos respiran, si estuviera en una caja hacían falta agujeritos. Su corazón se estaba partiendo por momentos cuando entraron sus padres con una caja y una sonrisa en los labios. A punto de que las lágrimas se desbordasen cogió la caja y la abrió, dentro había un gato... de peluche.

Sacó el gato naranja inanimado de la caja y miró con incredulidad a sus padres, su ceño se frunció y por un momento pensó que iba a reventar de la ira que se acumulaba en su interior. Apretó al gato y descubrió que había algún tipo de mecanismo que hacía que ronronease, eso hizo que se replantease tirar al peluche a la basura asi que decidió dejarlo en la mesa e irse a su cuarto a llorar.

Lloró, lloró más de lo que sus padres creían que era capaz y cuando ya no pudo más salió y decidió ahogar sus penas en un vaso de leche con galletas. Sentada frente a su tacita de Pucca vio por el rabillo del ojo a la bola de pelo sintético y decidió que aunque no era lo que había pedido era lo que tenía. Jamás podría ocupar el lugar de su gatete perdido por obra y gracia de Los Reyes Magos y sus padres.

A partir de ese momento, Leo (el gato) y ella se convirtieron en inseparables. En las frías noches de invierno, le daba calor. En verano reposaba en la mesita de noche para que ella si se despertaba pudiese acariciarlo, pero ambos sabían que ella no le quería. Ella, quería un saquito de pelo verdadero que ronronease cuando ella le rascase detrás de las orejitas y ella se conformó, sabiendo que jamás iba a llegar su ser vivo. Leo por su parte cuando la casa dormía lloraba velando el sueño de su ama, él sólo era un peluche con sentimientos. Un peluche cómodo al que poder llevar de viaje sin que subiera el precio del hotel, un objeto lleno de algodón que no hacía caca y al que no había que vacunar. Un peluche que maldecía la ausencia de un corazón palpitante pero que deseaba arrancarse la conciencia para no percatarse de la decepción que era.