¿No os parece que todo es más bello cuando se lo dedican a los demás? Quiero decir, cuántas veces nos hemos muerto de envidia cuando han tenido un detalle con una amiga o compañera y luego cuando nos han hecho algo parecido a nosotros o no lo hemos valorado o diréctamente no nos ha gustado.

Al final, el que nos guste un detalle depende principalmente del remitente. ¿Quién es la persona que lo envía? ¿alguien a quién amamos? ¿quizás un ser del que desconfiamos?

Suspiro mientras pienso en la desconfianza y mi relación con ella. Es extraño porque la desconfianza en mi es un poco el espíritu de la contradicción. En ocasiones el muro que levanta en mi es grueso, casi inexpugnable, haciendo imposible llegar a mi. En otras ocasiones sin un motivo lógico se vuelve fina, casi inexistente y me hace vulnerable.

No creo que la desconfianza sea buena ni mala. A lo largo de los años he aprendido que si uno es desconfiado es porque aprendió por las malas que hay personas que son auténticas hijas de la gran madre que las trajo a este mundo. Uno se vuelve desconfiado con cada golpe de la vida y aprende (o eso intenta) a estar ojo avizor y detectar las señales.