Alli estaba ella, tirada en la cama, luchando por no levantarse para coger algo con lo que autolesionarse. Lo peor es que ya había pensado en dónde no hacérselo. No podían ser las muñecas puesto que cualquiera podría ver las heridas, y en los hombros sería complicado hacerlo. El mejor lugar debían ser los muslos. Estarían tapados por los vaqueros y ella no llevaba minifalda.

Se moría de ganas de hacerlo, de levantarse y encontrar algo con lo que herirse, algo que ayudase a que sus lágrimas tuvieran sentido.