Una vez una pequeña diablesa fue expulsada del infierno porque no era lo suficientemente mala.

La diablesa, tenía unos pequeños cuernecitos y un gran rabo puntiagudo que perdió cuando aterrizó de malas maneras en la tierra.

Cuando se repuso del topetazo, la pequeña diablesa, que se llamaba Faith, anduvo y anduvo. No sabía qué buscaba, pero sabía que estando quieta no lo iba a averiguar. Faith cabezota cómo era se olvidó del hambre y del cansancio, no la paraban ni fronteras, ni personas, ni balas... pero había algo que sí que la venció: la fatiga. Ésta hizo que se desmayase, con tan mala suerte que se cayó en un hondo pozo.

El contacto con el agua fría hizo que recobrara el sentido y ahí helándose y asustada se dio cuenta. No tenía que temer, cuando había estado rodeada de demonios había estado sola, cuando llegó a la tierra había estado sola,y ahora estaba sola en un pozo y posiblemente moriría ¿y qué?

La vida de una diablesa no valía nada, y la de los seres humanos tampoco por lo poco que había visto... Pobre Faith, cómo lloraba, su llanto era peor que el de un bebé porque se introducía su sonido en el corazón y transmitía todo el dolor del mundo.

No era para menos, Faith era la primera diablesa que había llorado con auténtica pena.

Faith cerró los ojos, dispuesta a darse por vencida y mientras se hundía en el pozo empezó a notar una agradable sensación de calor, era como estar abrigada por la manta de la más suave lana, era estar en la gloria, porque además olía a pan recién hecho.

La ex diablesa parpadeó, abrió un ojo, después el otro, y tras esto los dos a la vez y vio el más acogedor de los lugares.

En el centro de la instancia vio a un angelito negro y en su espalda aun se podían ver las huellas de unas alas que iban desapareciendo.

Faith, miró al ex angelote con curiosidad, ¿cómo perdía un ángel su puesto? ¿Cómo se llamaría? Y mientras se hacía estas preguntas se dio cuenta de que daba igual, porque por fin había encontrado a alguien que le entendería, porque a él le habían echado por no ser lo suficientemente bueno.

Shiro (que así se llamaba el angelote) la cuidó mucho y muy bien. Curó las heridas que se veían y las que no y le contó su historia.

Shiro y Faith eran iguales salvo por una cosa, Shiro deseaba volver a tener alas, sufría porque quería volver a tener alas y no sabía cómo, pero Faith sí.

Una fría mañana, cuando habían pasado trece estaciones desde su encuentro, Shiro se despertó atado a su cama. No sólo estaba atado sino que además le habían vendado los ojos. Llamó a gritos a Faith y ésta inquietantemente le dijo que se tranquilizase.

Faith había decidido devolver a Shiro al cielo y para ello sólo había una forma que era derramando su sangre sobre el cuerpo de Shiro.

Faith amaba a Shiro, porque él había sido capaz de darle cobijo... en su corazón; le había dejado desfallecer, rendirse... Faith había descubierto la felicidad de sentirse querido, había percibido esa chispa que se produce cuando te abrazan y sobretodo había aprendido a creer en alguien.