Llovía a cántaros, tanto que su alma estaba empapada.

La lluvia arreciaba y ella ya estaba calada hasta los huesos, no había donde refugiarse, sólo podía llegar a un sitio, la única casa que conocía.

Entonces mientras sus heladas y húmedas piernas la dirigían a su destino una mancha negra captó su atención.

Encogido, apretado contra la pared había un pajarillo negro. Sus plumas estaban brillantes de la cantidad de lluvia que habían recibido...

Pájaro y humana se miraban... ella se debaría entre cogerlo o no, el pajaro no sabía si sentir miedo o saltar a sus manos

La duda se prolongó demasiado y ella sin mirar atrás se fue. Siguió andando, un paso, dos, tres... y entonces se dio cuenta.

Todos somos pajarillos empapados esperando que alguien no pase de largo