Se aproxima la navidad, y mi fe en la humanidad desciende en picado. Es lo que tiene trabajar facturando equipaje.

Me he dado cuenta de que considero al público, al viajero, como el enemigo. Los que me van a mentir, los que tratarán de engañarme con los excesos de equipaje, los que tratarán de viajar por la cara... Si yo os contara, os quedabais muertos.

Llevo días pensando en un artículo que escribió Campanilla acerca de Dios.

Yo no creo en Dios, pero me gustaría creer. Recuerdo charlas con la muchacha que limpia en casa de mi ex jefa y veo que ella encuentra respuestas.

No pienso que creer sea más fácil que no creer. Tener la fe suficiente para pensar que existe un Dios benigno (y que no somos parte de un gran hermano cósmico) y que todo tiene un sentido aunque no lo comprendamos es difícil.

También es difícil pensar que estamos solos, que la existencia de vida en este planeta es obra de múltiples casualidades y que nadie vela por nosotros.

Siempre he pensado que si Dios existe es amor. AMOR y nada más, por lo que no le importará a quien quiero (esto es en referencia acerca de los matrimonios homosexuales)

Tengo claro que en un momento dado puedo creer en un Dios, pero jamás en ninguna de las religiones.