Volvía de la facultad, paseando, un poco asqueada porque tengo cosas que hacer y no me apetece. Ando un poco preocupada y prácticamente no me quedan uñas que morderme cuando he visto la luna más bonita que recuerdo en mucho tiempo.

Era una luna redonda y enorme que parecía asomarse a la ciudad para demostrarnos, una vez más que somos hormiguitas insignificantes en un cosmos enorme, infinito.

La verdad es que me he animado, y ahora mi mente vuela hacia recuerdos de un tiempo mejor, sentada bajo un manto de estrellas con mi mejor amiga.

Es extraño como los pequeños detalles nos hacen a veces sentirnos inexplicablemente a gusto.