Cada día cuando amanece siento rabia porque mis jóvenes ojos ya están cansados de ver amaneceres. Me incorporo y siento frío. Me arropo con mi manta y pienso en el cansacio que mi alma arrastra. Sonrío con desgana y me levanto.

Me siento en el sofá y tomo algo, sola. Sola desayuno, como, paso la tarde, sola pienso, sola me siento. La soledad se ha convertido en una agradable compañía. Nunca se cansa de mi parloteo ni de mí.

Tras eso me pongo a pensar. Pienso que no deseo pensar, pienso en ese pensamiento que me tortura, pienso que no pienso lo suficiente, o simplemente no sé que pensar. He intentado saber por qué mi corazón está tan roto, por qué mi corazón es como una llaga sangrante que no me deja vivir. Vivir se me antoja difícil, vivir feliz se me antoja imposible.

¿Por qué siento estas ganas de llorar? ¿Por qué la angustia me atenaza la garganta? ¿Por qué a veces me siento tan dura y otras tan absolutamente vulnerable? Solo deseo que no haya una vida tras la muerte y que un día duerma y no despierte.